*Portada: Resonancia Magnética coloreada - Katie Nesling (Thinkstock)

El poder del metal.

Aunque nunca nos habíamos planteado crear un hilo donde contar estas historias de “micro-humanización” en el entorno sanitario, los comentarios y mensajes de ánimo y curiosidad por continuar con lo iniciado en la increíble, tierna y graciosa historia de “El poder de la purpurina azul” nos ha hecho buscar más ejemplos del poder de la humanización de los pequeños (grandes) actos.

En esta nueva entrega vamos a tratar una historia de humanización en el sistema sanitario, una que por lo bizarra y por el hilo conductor de la misma nos llamó poderosamente la atención ¿Por qué? pues sencillamente porque para mucha gente asociar el Heavy Metal y la humanización es poco menos que impensable. (Sin embargo en España ya se han realizado acciones de este tipo en los que ambas acciones se unen, aquí os dejamos el enlace de una acción realizada por Mago de Oz en colaboración con HardRock Café para apoyar el plan de humanización del Hospital Materno-Infantil de la Paz).

Con esta historia sólo queremos mostrar que cualquier cosa puede ser un vehículo para traer ese trato humano, tan necesario, que requieren los pacientes en momentos complicados. Momentos en los que se encuentran sólos, con dudas y sin ninguna mano amiga (dentro de los profesionales sanitarios) que pueda responder dudas o simplementes mantener una conversación para disipar esas dudas y miedos tan perjudiciales para los pacientes.

Como en la ocasión anterior, esta entrada está dedicada a todos aquellos profesionales que nunca han dejado de practicar eso tan necesario en nuestra vida, el humanizar nuestro trato con los demás.

A continuación os dejamos con la anécdota titulada: “Gates of Valhalla”.

”El sol azotaba sin piedad y el calor era abrasante en el exterior, propio de un mes de Agosto. Las cuatro de la tarde y en ayunas, así me encontraba yo en la sala de espera de un hospital prácticamente vacío y silencioso.

Se me hacía raro y casi que me daba miedo. Acostumbrada al tumulto que tenía que sufrir allí desde mi diagnóstico de Lupus, desde hacía dos meses todo eran pruebas y más pruebas. Me sentía como un conejillo de indias y muy agotada de ver tantas caras anodinas constantemente.

“Otra prueba más”, me decía a mí misma con cierta resignación y un suspiro escapaba de mi boca mientras miraba la pantalla de los turnos, esa que ni siquiera se movía pues de tarde en tarde salía un ser bastante destartalado a llamar al paciente por su nombre. Parecía increíble que llevaran casi una hora de retraso. 

Por fin mi nombre se hizo eco entre las paredes y con gran esfuerzo logré levantar mis huesos y mi pesadumbre de la silla. Esta vez nadie se asomó, pero podía adivinar que aquel ser extraño me estaba esperando dentro de la pequeña habitación donde uno se pone el pijama, ese que tiene mil cuerdas para atar y hagas lo que hagas acabas siempre con el culo al aire.

Abrí la puerta y allí estaba él, un chico rubio, altísimo, con un moñete en la cabeza y  con una sonrisa en la cara aunque su aspecto general era el vivo retrato del agotamiento.

  • Hola, ¿qué tal? Mira, ponte esta bata y quítate todo lo metálico que lleves. Por cierto, veo que te gusta Skizoo- dijo fijándose en la camiseta de ese grupo de metal que llevaba puesta.
  • Sí, la verdad que me gustan mucho… aunque últimamente no escucho nada de música, no me apetece. – le contesté yo sin mucho entusiasmo pero gratamente sorprendida.
  • Son muy buenos, aunque me gusta más Söber, tienen un directo muy bueno. Por cierto, ten cuidado que por aquí andamos mucho “heavy” suelto… – sentenció con cara de niño travieso.

Cerró la puerta y allí me quedé yo absorta peleándome con el dichoso camisón.

Cuando acabé, abrí la puerta y pasé a la sala contigua. Allí había otras dos personas esperando a “pasar por la máquina”. Así me lo dijo él con desparpajo pero agobiado, estaba él solo tanto para las urgencias como para las consultas ordinarias, ni enfermeras ni nada. Me senté de nuevo en una silla libre y no pude dejar de observar algo, el tazón de café que tenía en su mesa de trabajo, ni más ni menos que de AC/DC.

 Despidió a la persona que estaba pasando por la resonancia magnética, metió a la siguiente, salió y se puso al lío. Con la mirada fija en la pantalla dijo en voz alta: “Vas a tener que esperar otro buen rato, lo siento mucho. La única enfermera que tenemos que sabe pincharte para la “angio” está liada en otros servicios, ya la he llamado pero tardará… Pero mientras tanto podemos hablar de música, de esa que nos gusta a los dos…”.

La cosa se estaba poniendo interesante, de repente como que ya no me importaba tanto esperar. Hablamos de diferentes grupos metaleros y tarareamos nuestras canciones favoritas entre risas. Parecía que en lugar de estar en un servicio de radiología, estaba en un garito heavy tomándome un caña con un colega.

Llegó la enfermera y desenfundó una aguja del catorce. Mi sonrisa se transformó en cara de pánico. Él se puso al lado de la enfermera, tomó mi mano libre y me dijo: “Una chica dura como tú no va a tener miedo a esto, ¿No?” 

Llegó mi turno, pasamos a la sala de la resonancia magnética, me colocó con mucha amabilidad y su pijama dejó vislumbrar un tatuaje que le ocupaba toda la zona lumbar aunque no alcancé a distinguir lo que era.

Una vez tumbada, me explicó todo el proceso y me dio unos auriculares para amortiguar el sonido. “Siento mucho que en estos no suene música, pero puedes imaginar que tú y yo estamos en un concierto de los Man’o’war”.

La verdad es que eso hice y no me resultó muy agobiante. Cuando la máquina paró, oí la puerta abrirse, me ayudó a salir de la máquina preguntando que qué tal había ido el bolo y con esa misma cara de niño travieso me devolvió a la sala para volver a ponerme mi camiseta heavy. “Espero que coincidamos en algún concierto”, cerró la puerta y allí me quedé yo vistiéndome y pensando en que gracias a ciertos ángeles que se te presentan, la vida no es tan dura,…, aunque en esta ocasión fuese un ángel caído.”

En esta anécdota tenemos algo muy poderoso, muy potente y unificador, la música. Una música particular, seguida por una gran multitud de personas, pacientes, que más tarde o más temprano accederán al sistema sanitario.

Así que ¿Por qué no usar la música “heavy” como vehículo de acercamiento a estos pacientes, usarla como elemento conductor de ese trato humanizador, de esa mano amiga que en esos momentos tan complejos suponen una gran diferencia?

Cuán agradable sería que los distintos profesionales sanitarios, todos ellos, pueda participar de acciones así. Reconocer esos pequeños detalles que el paciente muestra pero que no siempre se ven, volvemos a la escasez de tiempo por la presión en el cumplimiento de objetivos, carga asistencial excesiva, etc., Pero que si se hacen, significarán una gran diferencia para los pacientes.

Sólo podemos acabar con un…

rock

¡VIVA EL HEAVY!

Esta entrada ha sido posible a la colaboración de 3 grandes personas que han enriquecido su contenido: Ana Cordobés, Ivan Herrera , Oscar Romeu y Pedro Soriano.

*Portada: Resonancia Magnética coloreada – Katie Nesling (Thinkstock)

Pedro Soriano Martin
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